Segunda Cruzada




La Segunda Cruzada inició en respuesta a la invasión y ocupación del Condado de Edesa por parte de los turcos. Edesa había sido el primer estado cruzado que se fundó en Oriente durante la Primera Cruzada y, también, fue el primero en caer. A pesar de ser una ciudad amurallada, en su interior solamente se encontraba el obispo y una población conformada por campesinos y artesanos. Su escasa población la hacía susceptible a sufrir ataques frecuentes.

La recuperación de Edesa, por parte del gobernador militar selyúcida, Imad al-Din Zangi, tuvo lugar entre el 28 de noviembre y el 24 de diciembre de 1,144.

La noticia de la captura de Edesa fue llevada a Europa por peregrinos, el año de 1,145. Más tarde, las embajadas de Antioquía, Jerusalén y Armenia confirmaron la  noticia.   El Papa Eugenio III quedó consternado con el suceso, ya que Edesa era una ciudad importante de peregrinación (por haberse encontrado ahí la Sábana Santa) y su caída ponía en peligro la existencia de los demás estados cruzados. El 1 de diciembre de 1145, el papa emitió la bula Quantum Praedecessores, pidiendo una segunda cruzada.

La predicación de esta nueva cruzada quedó en manos del abad Bernardo de Claraval, más tarde nombrado santo, quien, gracias a sus habilidades, como orador, logró reunir una gran cantidad de combatientes, a quienes instruyó en su doctrina mística, diciendo que era necesario que los hombres defendieran el reino de Dios en la tierra y, a cambio, estos quedarían absueltos de todos sus pecados. Esta estuvo dirigida por los reyes europeos, Luis VII de Francia y Conrado III de Alemania y no por el papa.

El Rey Conrado III y veinte mil hombres, salieron de Alemania rumbo a Edesa, siguiendo la ruta de la Primera Cruzada. Sin embargo, al pasar por la ciudad de Dorilea, el grupo cruzado decidió tomar un descanso, momento que fue aprovechado por los turcos selyúcidas para realizar un ataque sorpresivo. Conrado y los sobrevivientes de su ejército huyeron hacia Nicea.

Los cruzados franceses, liderados por Luis VII, partieron de Metz, en junio del mismo año. Este ejército sufrió las consecuencias del escaso abastecimiento, lo que sumado a la actitud pasiva del rey francés, quien consideraba que esta era una peregrinación para expiar sus pecados, dio como resultado un ejército débil y poco eficaz.  

Al encontrarse los dos ejércitos en Asia Menor, decidieron que Edesa era un objetivo poco importante y marcharon hacia Jerusalén. Tomaron la ruta de la costa mediterránea, ya que era un camino más seguro.

Ya en ruta, decidieron atacar la ciudad de Damasco, a pesar que esta era aliada de Francia, por lo que el gobernador de la misma, no dudó en pedir auxilio a Nur-al-Din, gobernador de Alepo. Los ejércitos cruzados fueron vencidos en batalla y regresaron a sus lugares de origen.

Este fracaso llevó al sitio y caída de Jerusalén y a la convocatoria de la Tercera Cruzada. 

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