Sexta Cruzada





A pesar del fracaso de las anteriores cruzadas, los papas Honorio III y su sucesor, Gregorio IX, instaron a Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, a reconquistar Jerusalén.

En 1227, Federico partió de Bríndisi hacia Siria, pero una epidemia lo obligó a regresar a Italia. El papa Gregorio lo excomulgó, ya que consideró, que al haber regresado, quebrantó sus votos de cruzado.

Sin embargo, a pesar de no contar con la bendición del papa, en junio de 1228, Federico II se embarcó, por segunda vez, en Bríndisi. Iba al frente de tropas alemanas, genovesas y pisanas.

Al llegar a Tierra Santa, Federico usó la diplomacia, más que las armas, y logró un acuerdo diplomático con al Malik al- Kamil, sultán de Siria y Egipto, el hombre más poderoso del mundo musulmán. El pacto era que Federico ayudaría a al-Malik al-Kamil en la lucha por el sultanato que este sostenía contra Moadhan, su hermano. Por su parte,  los cristianos recuperarían Belén, Nazaret, Sidón y Torón, además de Jerusalén, exceptuando la Cúpula de la Roca, la que seguiría siendo utilizada como mezquita por los árabes. Por otro lado, se reconocería la libertad de culto para los musulmanes en las ciudad cristianas. La tregua tuvo una duración de 10 años. Debido a este tratado, el papa ratificó su excomunión.

Federico II estaba casado con Isabela II de Jerusalén, hija de Juan de Brienne quien fue rey de Jerusalén entre 1210 y 1225 y regente del Imperio Latino de Constantinopla entre 1229 y 1237. Por lo tanto, el emperador germano heredó el Reino de Jerusalén, a pesar de la oposición del papal.

El papa, apoyado por la Liga Lombarda, planeó la invasión del reino de Sicilia, por lo que, en 1229, Federico tuvo que regresar a Europa donde derrotó a las fuerzas lombardas y pontificias.

Diez años más tarde, en 1239, al expirar el tratado firmado por Federico II, la Ciudad Santa fue reconquistada por los turcos. 

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